domingo, 21 de junio de 2015

Entradas 1-4



Prólogo



   Caes. Durante tanto tiempo que al fin empiezas a dominar el terror por fuerza de acostumbrarte a él. No es peor que lo que habías imaginado. Ni mejor. Sólo está pasando por fin, y sentir que está pasando es menos malo que tener que vivir con la incertidumbre de terrores imaginados.

   Se te ha obligado a saltar al vacío desde las alturas misteriosas de la Torre de Coral. Aunque para ti no son tan misteriosas, porque formas parte de una historia que se escribe desde su final. Dedo acusador que surge de la superficie ignota del mundo hacia el firmamento, la Torre de Coral es todo un mundo en si mismo, repleto de hiperbólicos pasajes de interminables escaleras, puentes, pasadizos y ascensores sin número, de ciudades y villas excavadas en la roca sonrosada, de amplísimos patios, miradores, agujas, balcones, terrazas y minaretes de toda forma y tamaño, todo ello en todos los tonos posibles, y alguno imposible, entre el rosa y el rojo. Una estructura mítica y colosal, que debería aparecer en la última parte de las historias y no al principio de ellas. Pero es que tú no eres un vulgar humano campesino empezando el viaje hacia su altísimo destino. Eres un asrial, mítico y celestial, un silfo, un ser del aire. De translúcida piel de escamas de cristal, enmarcando, cual ceñido vestido del futuro, pies, manos, torso y un rostro de ojos humanos de iris azules con pupilas gatunas y graciosa y escamosa nariz, orlado por una mata de pelo azul.
Sabes tantas cosas que van más allá del aquí y el ahora porque eres a la vez muchos y ninguno, a la vez mujer y a la vez hombre. Eres el elegido de esta historia y, no nos andaremos con rodeos, lo sabes. Y lo sabes porque por eso la estás leyendo. Sabes que, en algún lugar, eres otro ser, un ser humano, leyendo tu propia historia, pero aquí, y ahora, eres lo que lees que eres. Eres un Asrial, y no uno cualquiera. Porque en la Edad del Tránsito te salieron alas, y dicha fue y transmitida entre los Ancianos la existencia de un Pacto Ancestral por el cual los asrials alados debían de ser condenados al exilio o a perder sus alas.

  Por supuesto, intentaste rebelarte contra un dictado absurdo y que no comprendías, sin que entre los tuyos cobrara apenas oportunidad de concebirse la posibilidad de que se te cortaran las alas, dado el mortal peligro que tal operación siempre conlleva. Quizá podrías haber optado a ello si hubieras nacido en una cuna más elevada. Pero aunque no hay asrials vulgares, sí hay asrials pobres, y tú eras uno más de muchos de ellos. Como tal nunca tuviste el privilegio de pasear por las Almenaras de los Vientos, la terminación esplendorosa abierta a la luz esmeralda de la Gran Luna y al Sol Rojo. Hasta el día del salto. Hasta hoy.
 Lloraste tanto... de rabia, por la incomprensión y el miedo, como un niño pequeño y desvalido superado por una orden que no comprende y que en su pequeña sabiduría juzga absurda y cruel. Pero al final comprendiste que la autocompasión vale para poco. Con serenidad, quisiste dar ante los tuyos una imagen valiente de tus últimos instantes, aunque por dentro la pena te siguiera desgarrando, ya no tanto por ti, sino por ellos.
  Caes, y el mundo desfila ante ti como una mancha de vino que empaña tu visión y todos tus sentidos, hasta ahogarte. De algún modo tienes suerte y evitas por poco salientes que podrían haber significado que esta historia tuviera sólo cuatro párrafos. Pero piensas que de ser tan breve, no merecería ser contada, y tú no serías tú. Es un pensamiento un tanto inquietante, pero en tu actual situación, puedes permitirte algunos pensamientos inquietantes.
  De pronto el Mar de Algodón que cubre como una alfombra sempiterna los suburbios del mundo, te traga, y la mancha de vino se convierte en una mortaja gris que te hace desaparecer de la existencia y aleja a ésta de ti. La sensación es tan real que no crees estar respirando. Definitivamente, esto debe ser la muerte, y tu cuento el de un fantasma.

  Vuelve la luz al mundo, y casi te ciega... has muerto y resucitado en el momento de un segundo. Ahora todo es verde y dorado... DOLOR... y negro.



 Keryan, Keryan... ven, ¡rápido...! exclamaba como loca la pequeña criatura tirando de la manga de la túnica de su hermano–.¡No te lo vas a creer!



1. Partida


¿Quién eres tú, cuando dejas de ser yo? 

  Se llama Pyrhuq, y a través de su cuerpo fue como aprendiste a amar de nuevo tu mundo. 

  Está sentado tranquilamente, pensando, con la vista perdida en la Luz sabe qué, reflejando con cada una de las escamas de su cuerpo incontables facetas diferentes de la realidad que os rodea, por todas partes. Pero tú ya sabes algo de qué o quién es Pyrhuq, porque has soñado que eras él, o ella, antes de llegar hasta aquí. Sabes que es un asrial, que tú una vez fuiste un asrial, aunque ahora seas un gnomo. Sin duda es extraño, y es algo que no has compartido con nadie, ni siquiera con Pyrhuq. 
  Recuerdas sueños de formas neblinosas en los que caes, sueños en los que los recuerdos de quién eres ahora surgen fluctuantes y orgánicos, entrelazados a cada palabra, cada olor y cada visión, en cada sonido. Normalmente intentas evadirte de esos recuerdos de sensaciones perturbadoras. Eres, y siempre has sido Keryan, el gnomo. Pero, a veces, en la soledad de la noche, contemplando la luz de las estrellas amarillas a través de la ventana redonda de tu hábitat, te preguntas si alguna vez dejaste de ser del todo Pyrhuq. Te preguntas por qué estáis unidos, y desde cuándo.

  Ahora lo contemplas absorto en sus pensamientos, con la mirada perdida en la verde enormidad de los cielos del mundo. La despedida está cercana, y el amor que instantáneamente sentiste por un ser tan diferente pero a la vez tan cercano a ti te ahoga como un  río salado en tu corazón. 
  Con Pyrhuq vino la magia. Como un mensajero enviado por los dioses, el ser de escamas de cristal coloreó vuestro mundo para darle verdadero significado y rescataros de vuestros últimos días. Porque tan sólo vivíais treinta gnomos en el mundo conocido, por aquel entonces. Y ahora sois aún menos. Pero tenéis esperanza.
  Nacidos como brotes del Gran Árbol, pequeños seres de rasgos tan humanos como arbóreos, los gnomos crecéis poco a poco, durante un tiempo total de vida al que, para entendernos, podríamos llamar de siglos, arraigados al Gran Árbol durante los primeros de esos años. Hasta que, un día, tan desarrollados y fuertes como un pequeño ser humano, tiráis de vuestras recién formadas piernecitas y las sacudís del humus de la tierra arbórea, para por fin caminar por el mundo, como seres independientes, curiosos y hambrientos de luz del sol, lluvia y conocimiento de las cosas...
  No sabéis quién fue el Primero, aquel a quien en vuestra religión llamáis el Pastor de árboles, que cuidó a los que vinieron después para que crecieseis fuertes y sanos hasta el momento del Desarraigo. Vuestras obras de filosofía y conocimiento siempre le dan vueltas a este y otros temas, como la naturaleza de vuestro mundo y el qué puede haber más allá del verdeante cielo. 

  Contemplas a Pyrhuq, anhelando encontrar en su mirada una comprensión de lo que ve que vaya más allá de las palabras. Recuerdas el día en que "cayó" del cielo. Alat te llevó corriendo, presa de una excitación y un fervor contagiosísimos, casi en volandas, hasta la Desembocadura del río, en El Lago, y allí lo viste, lo sentiste por primera vez, acurrucado, alas y extremidades conformando una suerte de huevo de escamas de cristal que reflejaban las mortecinas grietas de la luz crepuscular del ocaso. Al momento caíste presa de una terrible enfermedad... poco recuerdas de aquello. Una sensación extraña, parecida a la del Desarraigo, si no fuera porque ningún gnomo debería recordar su Desarraigo, una pérdida de conciencia más allá de la conciencia, y un despertar a un nuevo mundo, lleno de nuevas esperanzas. Porque, como hemos dicho, en aquel entonces sólo quedabais treinta de los vuestros en el mundo...

  Durante mucho tiempo los más sabios de El Lugar se habían preguntado por la naturaleza de vuestro sitio en el esquema de las cosas dentro del Gran Árbol, de cómo sería posible viajar más allá de vuestro pueblo en busca de otros posibles gnomos..., pues algunos, tú entre ellos, habíais llegado a la conclusión de que las pequeñas y distantes luces cálidas y amarillas que en cada vez mayor número aparecían entre las nieblas del cielo durante las oscuras noches del mundo, eran las luces de hábitats de otras comunidades del Gran Árbol, con seres como vosotros, pensando quizá en quién habitaría en torno a vuestra propia luz nocturna. Quizá no estabais solos en el Gran Árbol. Y aquella era una idea excitante.
  Teníais la escritura y la magia de las palabras para ayudaros... aunque ninguno de los vuestros sabía a ciencia cierta de donde venían... quizá las dejó tras de sí el Pastor. Y por la magia de las palabras vivíais y descubríais poco a poco la realidad del Gran Árbol, tan vasta como para entreteneros durante siglos de vida, durante los cuales, sospechaban los sabios, y os enseñaban en las escuelas, era vuestra misión encontrar la forma de terminar con el aislamiento de El Lugar.
  Porque un día el primero de los vuestros dejó de ser. Y eso era algo que nunca había pasado antes en toda la historia de El Lugar... 
Los más ancianos de vosotros, los primeros nacidos, iban menguando en tamaño y estatura, perdiendo más y más rasgos terrosos, y la verde fibra vegetal de los cabellos (para hacerte una idea de cómo es un gnomo, imagínate una especie de elfo con rasgos arbóreos, piel verdosa y cabellos vegetales, con iris del color verde de la clorofila, imagínate viendo ahora mismo tu reflejo en El Lago), hasta perder toda memoria de sí mismos tras mil años de vida, y volver a arraigar en el suelo, para metamorfosearse en una especie de semilla alada con diminutos rasgos humanos que saltaba súbitamente para volar lejos, hacia las alturas del Gran Árbol...

  Los Tres Ancianos dedicaban interminables tertulias en sus cómodos y acojinados hábitats a la cuestión de por qué ahora, justo ahora, habían empezado a "marcharse", a morir, en torno a los mil años, los primeros de los vuestros... ¿Por qué tantos a la vez llegaban al milenio y sufrían aquel extraño proceso, aquella metamorfosis? Toparse con algo así para una cultura sin duda tan joven, que llevaba apenas siglos en el mundo y que ni tan siquiera conocía la muerte por el paso de los años, fue un golpe de una dureza difícil de imaginar para El Lugar, y os sumió a todos en una tristeza contagiosa, hecha de sentimientos de pérdida de todo lo que una vez había sido. 
  Pero entonces llegó el ser de escamas de cristal. Llegó Pyrhuq. Y lo cambió todo.

    –¿Todo listo ya? –dice Pyrhuq, más la afirmación de un hecho constatado que una pregunta.
  –Sí. Yo... venía a despedirme, partimos al alba. Ya está todo preparado –le respondes.
  Se levanta y como siempre su movimiento te desconcierta, pues una parte de la realidad se mueve con él, reflejada en sus escamas. Cristal. Un material que jamás habíais visto en vuestro mundo, antes de su Llegada.
  –Te echaré de menos, Keryan. Te deseo suerte y que vuelvas con buenas noticias –dice, mientras se funde en un abrazo contigo.

  Mientras os abrazáis sientes que el mundo se pone cabeza abajo durante un instante que pasa antes de que seas capaz de explicarte lo que has sentido. Interrumpes el abrazo, quizá demasiado abruptamente.
  –Pyrhuq... – empiezas, pero te quedas en silencio, mientras las rendijas verticales de sus iris azules se dilatan inquisitivamente, como invitándote sutilmente a seguir. Aún hoy, a pesar de todo, a una parte de ti le sigue pareciendo un ser tan raro, tan... ajeno.
  –¿Sí?
  –Yo... es sólo que... bueno, nada. Da igual –dices por fin.
 –Es tan bello esto, ¿verdad? –dice el asrial con su voz de bronce, cambiando de tema, como para paliar tu incomodidad–, cuando llegué aquí, aquel día... me costó mucho tiempo convencerme de que tanta belleza era real, de que vosotros no erais ángeles del cielo, cuidando de los muertos –y termina la frase con una de esas breves carcajadas suyas en las que parece que un pequeño ser tañe campanas dentro de su garganta.
  –Sólo que no había más muertos.  
  –No, no los había –dice, y se vuelve a reír.
 –Sólo nosotros. Yo creo que el ángel eres tú. A veces... a veces, Pyrhuq creo que estás aquí porque alguien sabía que lo estábamos pasando mal, como si tuvieras una misión que cumplir, ¿sabes?, como que nada es casual, el destierro de tu mundo, tu llegada aquí, sabes... –sientes un impulso y lo sueltas–: ¿Sabes que soñé que yo era tú el día que llegaste? –las rendijas de sus pupilas se estrechan leve pero perceptiblemente–, que... apenas puedo recordarlo ya. No sé, es como si me estuviera afectando la enfermedad de los Ancianos,  sí, el Olvido, la metamorfosis que sufren, debe ser algo parecido. Soñé que vivía otra vida de la que apenas recuerdo ya nada excepto sombras. Y esa vida era la tuya, Pyrhuq. No sé como explicarlo, pero es así.
  Elevas la vista al cielo en el que hasta hace unos momentos el asrial tenía perdida su mirada. Las primeras grietas de la luz anaranjada del ocaso se filtran rompiendo el cielo verde, y fragmentándolo en incontables pedazos. Las primeras luces empiezan a encenderse en los hábitats de El Lugar, a la vez que surgen las primeras estrellas en el cielo. 
  Miras de reojo a Pyrhuq, sintiéndote incómodo y algo ridículo por lo que le acabas de decir. Sabes que el asrial insistió hasta el último momento en ir con vosotros, en busca de respuestas para sí mismo. Pero los Ancianos votaron por mayoría simple que no, que debía quedarse en El Lugar. Su existencia era demasiado valiosa, y arriesgarla caprichosamente en un viaje de resultado incierto, en el Primer Viaje que se suponía iba a realizar gnomo alguno de vuestro pueblo, era una suerte que no se debía poner en juego. 

  Era difícil negar que estuvieran en lo cierto. Las escamas de aquel material fascinante, que el asrial llamaba cristal, parecían palpitar con una energía propia cuando los sabios las estudiaron tras su llegada. Unas pocas se le habían desprendido del cuerpo, aquel día, y como en un proceso natural, algunas más fue perdiendo después, si bien esas otras se volvieron opacas enseguida. Estas últimas poco aportaron, pero las otras, oh, las otras resultaron toda una revolución para vuestro uso de la magia. Al usarlas para filtrar la luz, esta parecía cobrar vida e interactuar de forma asombrosa con los campos de fuerza mágica inherentes a todas las cosas, cuando esos haces de luz se aplicaban diciendo las palabras de la magia. Entonces los encantamientos se magnificaban y permitían cosas hasta entonces imposibles... y así es como se pudo mantener caliente durante el tiempo suficiente el aire en el interior de uno de los globos de Phard, tanto como para que varios gnomos se arriesgaran en pequeños viajes de tanteo de las inmensas ramas más cercanas del Gran Árbol.
  En el pasado, cuando todavía había muchos gnomos en El Lugar, varios cientos, algunos habían desaparecido para siempre empeñados en locas empresas basadas en inventos a cual más rocambolesco, cada uno de ellos la promesa final del viaje que acabaría con vuestro eterno aislamiento. Pero ni uno sólo de aquellos pobres locos había vuelto. Todos se habían marchado para siempre.
  Así que una parte de ti no puede dejar de entender el empeño de los Ancianos, de los Tres que quedan, en evitar que Pyrhuq abandone El Lugar en otro loco viaje sin retorno,  pues, por más que las opciones parezcan más válidas ahora que nunca, también el peligro del Olvido parece más cercano que nunca antes.
  Sin embargo, en una votación de tres, la mayoría simple significa que uno de ellos ha tenido que votar lo contrario que los otros dos. Y contra toda lógica y razón, tú estás dispuesto a jugarte una última baza para convencerlos esta noche, en la cena de despedida, de la utilidad de que el asrial vaya con vosotros.
  –¡Eh, vosotros dos! –llegan los gritos de Alat, anticipando su loca carrera–, pero qué hacéis ahí como pasmarotes, venga, ya están todos en torno a la Gran Mesa. ¡Todos! –y se vuelve corriendo por donde ha venido, con sus trenzas al viento, no sin girar la cabeza una última vez–: Vamos, no os lo repetiré... ¡ya están hasta los Ancianos!
  Lo cierto es que sientes un profundo azoramiento por lo que le acabas de soltar a Pyrhuq, y agradeces enormemente la interrupción. Miras por último al asrial y le mueves los labios mudamente, diciéndole más con la mirada: "Luego". Y te diriges en pos de Alat.
  El paisaje se mueve, a tu lado.


  Recuerdas...
  Huelga decir que los gnomos recordáis las cosas en un estado de trance tal que es como si las vivieseis de nuevo, pudiendo aún dejar un ojo abierto a la realidad presente... la realidad del inmenso cielo negro, bordado y ribeteado de estrellas,  mientras las luces de El Lugar siguen alejándose en el horizonte a popa del barcasto*, cada vez más pequeñas e indistinguibles de las propias estrellas.

  –Entonces, joven Keryan, ¿por qué según tú es tan importante que Pyrhuq, el asrial, os acompañe, aún cuando no pareces tener intención de rebatir los argumentos que el Consejo acaba de recalcar sobre tan inadecuada posibilidad? –así te habla Pirell, de voz suave y terrosa, Pirell, el cada vez más pequeño y enjuto Anciano del Consejo de los actuales Tres.
 A pesar del avanzado estado de su etapa final antes de la metamorfosis, se muestra digno y concentrado, pero no puedes estimarlo, adalid de voluntad inquebrantable, abiertamente partidario de una forma de proceder que te separará de Pyrhuq por un tiempo que en tu imaginación se hace interminable.
  Las mágicas esferas de luz proyectan la sombra de oscuros seres fabulosos, moviéndose queda, atentamente, en el muro de curva y moldeada madera viva al otro lado de la habitación del hábitat. A la mesa, que huele a hongos especiados y a té aromátizado, se sientan también Alat y el asrial, el maguncio Neimonde, que como presente miembro principal rotatorio del gobierno de Todas Las Cosas tiene derecho de veto sobre las decisiones del Consejo de Ancianos, Phard, el Inventor, con su larga y enramillada barba ocre, y sus orejas caídas, Orihan, la Cazadora, y el único y otro miembro del Consejo, Aitlanf (y has de recalcar lo de único y otro, pues deberían de estar los tres Ancianos del Consejo de los Tres sentados en la Mesa del Consejo de los Tres). 
  Algunas otras cabezas, cabecitas y cabezones asoman orlados de distintos tonos de verde y ocre por entre la mayor de las redondas ventanas del hábitat, a la derecha de las sombras de la pared. Más lejos, a la izquierda, una cortina de apagados colores fibrosos se agita nerviosa por el viento en un oscuro rincón más allá de las luces.
  En el Gran Árbol los roles de los cada vez más escasos y preciados lugareños van asociados a funciones pragmáticamente relevantes para la supervivencia de la cada vez más exigua comunidad, y cada rol está vinculado al sexo de los dioses según los Libros de los Mitos. Porque huelga decir que  en Arbórea, el otro nombre con el que se conoce a El Gran Árbol, no hay sexos como tales. No, que vosotros sepáis, al menos. Quizá en otros lugares existan seres con sexo, como los dioses...
 –Como sabéis, Sabio Pirell, que la Luz guíe vuestro espíritu eternamente, mi rol como explorador, tanto del mundo físico como del de las Ideas, me ha llevado por diferentes caminos, a cual más insatisfactorio a lo largo de mi joven pero aún así cada vez más extenso periplo vital. Me ha llevado a abrazar, en los últimos tiempos, y no soy el único –dices haciendo un ademán con la mano aludiendo a Phard, que se encoge un poco, o esa impresión te da, por lo que le brindas una fugaz mirada de reproche–, la teoría de que estos mil años de vida a los que estamos llegando los habitantes de El Lugar, ominosamente coincidentes con la triste y continuada desaparición de tantos de nosotros,   son un ciclo engañoso. No tenemos ninguna vara objetiva de medir el tiempo que nos permita comprender la verdadera escala de nuestras vidas, y bien podría ser, siguiendo las últimas teorías escritas por Armendres, antes de que se nos fuera, que en realidad acabemos de llegar a Arbórea, y que todo esto que nos está pasando no sea más que una parte aún desconocida de nuestro ciclo vital, más que un mal que debamos evitar a toda costa.
–Bien, bien..., mi muy pertinente Keryan, no son teorías que no conozca, aunque no por ello las comparta, pero, ¿a dónde quieres ir a parar con todo esto? ¿Qué demonios tiene que ver con el... asrial, aquí sentado? –pregunta Aitlanf, el segundo (en orden de intervención, que no de importancia) Anciano del Consejo sentado a la Mesa del Consejo, con su cascada voz de oboe.
  Sientes que todas las miradas se posan en ti de nuevo. Toses quedamente, con cierta incomodidad ante tanta (toda) atención. 
 –Pues que el propósito de este viaje no es tanto encontrar una solución para nuestro mal como la exploración en sí misma. Y este viaje no habría sido posible sin la presencia entre nosotros durante estos últimos quince años de Pyrhuq –dices.
  Quieres aparentar una seguridad que no sientes de verdad. Por más que las últimas teorías te seduzcan, eres tan miembro de El Lugar como cualquiera, y la Metamorfosis te parece una burla cruel del destino que quizá haga que todos los lugareños caigáis en el Olvido sin que nunca, en ningún lugar posible, jamás nadie sepa nada de vosotros... si es que hay más gnomos en Arbórea. Y tanta atención termina por jugarte una mala pasada y hacer que tu voz se quiebre leve pero perceptiblemente durante un instante, mientras dices lo de arriba. Es la mortal apertura en tu defensa que los Ancianos esperan para acabar contigo (figuradamente, claro).
  – Vamos, Keryan, ¡no me riegues! –exclama Pirell. Algunas risas quedas. Estás acabado. Jamás volverás a ver a Pyrhuq. Y lo peor es que aún no sabes por qué esa perspectiva te desasosiega tantísimo. 


*Barcasto: Barco-Canasto

sábado, 20 de junio de 2015

Entrada 4


  Recuerdas. Y huelga decir que los gnomos recordáis las cosas en un estado de trance tal que es como si las vivieseis de nuevo, pudiendo aún dejar un ojo abierto a la realidad presente... la realidad del inmenso cielo negro, bordado y ribeteado de estrellas,  mientras las luces de El Lugar siguen alejándose en el horizonte a popa del barcasto*, cada vez más pequeñas e indistinguibles de las propias estrellas...

  –Entonces, joven Keryan, ¿por qué según tú es tan importante que Pyrhuq, el asrial, os acompañe, aún cuando no pareces tener intención de rebatir los argumentos que el Consejo acaba de recalcar sobre tan inadecuada posibilidad? –así te habla Pirell, de voz suave y terrosa, Pirell, el cada vez más pequeño y enjuto Anciano del Consejo de los actuales Tres.
 A pesar del avanzado estado de su etapa final antes de la metamorfosis, se muestra digno y concentrado, pero no puedes estimarlo, adalid de voluntad inquebrantable, abiertamente partidario de una forma de proceder que te separará de Pyrhuq por un tiempo que en tu imaginación se hace interminable.
  Las mágicas esferas de luz proyectan la sombra de oscuros seres fabulosos, moviéndose queda, atentamente, en el muro de curva y moldeada madera viva al otro lado de la habitación del hábitat. A la mesa, que huele a hongos especiados y a té aromátizado, se sientan también Alat y el asrial, el maguncio Neimonde, que como presente miembro principal rotatorio del gobierno de Todas Las Cosas tiene derecho de veto sobre las decisiones del Consejo de Ancianos, Phard, el Inventor, con su larga y enramillada barba ocre, y sus orejas caídas, Orihan, la Cazadora, y el único y otro miembro del Consejo, Aitlanf (y has de recalcar lo de único y otro, pues deberían de estar los tres Ancianos del Consejo de los Tres sentados en la Mesa del Consejo de los Tres). 
  Algunas otras cabezas, cabecitas y cabezones asoman orlados de distintos tonos de verde y ocre por entre la mayor de las redondas ventanas del hábitat, a la derecha de las sombras de la pared. Más lejos, a la izquierda, una cortina de apagados colores fibrosos se agita nerviosa por el viento en un oscuro rincón más allá de las luces.
  En el Gran Árbol los roles de los cada vez más escasos y preciados lugareños van asociados a funciones pragmáticamente relevantes para la supervivencia de la cada vez más exigua comunidad, y cada rol está vinculado al sexo de los dioses según los Libros de los Mitos. Porque huelga decir que  en Arbórea, el otro nombre con el que se conoce a El Gran Árbol, no hay sexos como tales. No, que vosotros sepáis, al menos. Quizá en otros lugares existan seres con sexo, como los dioses...
 –Como sabéis, Sabio Pirell, que la Luz guíe vuestro espíritu eternamente, mi rol como explorador, tanto del mundo físico como del de las Ideas, me ha llevado por diferentes caminos, a cual más insatisfactorio a lo largo de mi joven pero aún así cada vez más extenso periplo vital. Me ha llevado a abrazar, en los últimos tiempos, y no soy el único –dices haciendo un ademán con la mano aludiendo a Phard, que se encoge un poco, o esa impresión te da, por lo que le brindas una fugaz mirada de reproche–, la teoría de que estos mil años de vida a los que estamos llegando los habitantes de El Lugar, ominosamente coincidentes con la triste y continuada desaparición de tantos de nosotros,   son un ciclo engañoso. No tenemos ninguna vara objetiva de medir el tiempo que nos permita comprender la verdadera escala de nuestras vidas, y bien podría ser, siguiendo las últimas teorías escritas por Armendres, antes de que se nos fuera, que en realidad acabemos de llegar a Arbórea, y que todo esto que nos está pasando no sea más que una parte aún desconocida de nuestro ciclo vital, más que un mal que debamos evitar a toda costa.
–Bien, bien..., mi muy pertinente Keryan, no son teorías que no conozca, aunque no por ello las comparta, pero, ¿a dónde quieres ir a parar con todo esto? ¿Qué demonios tiene que ver con el... asrial, aquí sentado? –pregunta Aitlanf, el segundo (en orden de intervención, que no de importancia) Anciano del Consejo sentado a la Mesa del Consejo, con su cascada voz de oboe.
  Sientes que todas las miradas se posan en ti de nuevo. Toses quedamente, con cierta incomodidad ante tanta (toda) atención. 
 –Pues que el propósito de este viaje no es tanto encontrar una solución para nuestro mal como la exploración en sí misma. Y este viaje no habría sido posible sin la presencia entre nosotros durante estos últimos quince años de Pyrhuq –dices.
  Quieres aparentar una seguridad que no sientes de verdad. Por más que las últimas teorías te seduzcan, eres tan miembro de El Lugar como cualquiera, y la Metamorfosis te parece una burla cruel del destino que quizá haga que todos los lugareños caigáis en el Olvido sin que nunca, en ningún lugar posible, jamás nadie sepa nada de vosotros... si es que hay más gnomos en Arbórea. Y tanta atención termina por jugarte una mala pasada y hacer que tu voz se quiebre leve pero perceptiblemente durante un instante, mientras dices lo de arriba. Es la mortal apertura en tu defensa que los Ancianos esperan para acabar contigo (figuradamente, claro).
  – Vamos, Keryan, ¡no me riegues! –exclama Pirell. Algunas risas quedas. Estás acabado. Jamás volverás a ver a Pyrhuq. Y lo peor es que aún no sabes por qué esa perspectiva te desasosiega tantísimo. 


*Barcasto: Barco-Canasto

domingo, 14 de junio de 2015

Entrada 3


  –¿Todo listo ya? –dice Pyrhuq, más la afirmación de un hecho constatado que una pregunta.
  –Sí. Yo... venía a despedirme, partimos al alba. Ya está todo preparado –le respondes.
  Se levanta y como siempre su movimiento te desconcierta, pues una parte de la realidad se mueve con él, reflejada en sus escamas. Cristal. Un material que jamás habíais visto en vuestro mundo, antes de su Llegada.
  –Te echaré de menos, Keryan. Te deseo suerte y que vuelvas con buenas noticias –dice, mientras se funde en un abrazo contigo.

  Mientras os abrazáis sientes que el mundo se pone cabeza abajo durante un instante que pasa antes de que seas capaz de explicarte lo que has sentido. Interrumpes el abrazo, quizá demasiado abruptamente.
  –Pyrhuq... – empiezas, pero te quedas en silencio, mientras las rendijas verticales de sus iris azules se dilatan inquisitivamente, como invitándote sutilmente a seguir. Aún hoy, a pesar de todo, a una parte de ti le sigue pareciendo un ser tan raro, tan... ajeno.
  –¿Sí?
  –Yo... es sólo que... bueno, nada. Da igual –dices por fin.
 –Es tan bello esto, ¿verdad? –dice el asrial con su voz de bronce, cambiando de tema, como para paliar tu incomodidad–, cuando llegué aquí, aquel día... me costó mucho tiempo convencerme de que tanta belleza era real, de que vosotros no erais ángeles del cielo, cuidando de los muertos –y termina la frase con una de esas breves carcajadas suyas en las que parece que un pequeño ser tañe campanas dentro de su garganta.
  –Sólo que no había más muertos.  
  –No, no los había –dice, y se vuelve a reír.
 –Sólo nosotros. Yo creo que el ángel eres tú. A veces... a veces, Pyrhuq creo que estás aquí porque alguien sabía que lo estábamos pasando mal, como si tuvieras una misión que cumplir, ¿sabes?, como que nada es casual, el destierro de tu mundo, tu llegada aquí, sabes... –sientes un impulso y lo sueltas–: ¿Sabes que soñé que yo era tú el día que llegaste? –las rendijas de sus pupilas se estrechan leve pero perceptiblemente–, que... apenas puedo recordarlo ya. No sé, es como si me estuviera afectando la enfermedad de los Ancianos,  sí, el Olvido, la metamorfosis que sufren, debe ser algo parecido. Soñé que vivía otra vida de la que apenas recuerdo ya nada excepto sombras. Y esa vida era la tuya, Pyrhuq. No sé como explicarlo, pero es así.
  Elevas la vista al cielo en el que hasta hace unos momentos el asrial tenía perdida su mirada. Las primeras grietas de la luz anaranjada del ocaso se filtran rompiendo el cielo verde, y fragmentándolo en incontables pedazos. Las primeras luces empiezan a encenderse en los hábitats de El Lugar, a la vez que surgen las primeras estrellas en el cielo. 
  Miras de reojo a Pyrhuq, sintiéndote incómodo y algo ridículo por lo que le acabas de decir. Sabes que el asrial insistió hasta el último momento en ir con vosotros, en busca de respuestas para sí mismo. Pero los Ancianos votaron por mayoría simple que no, que debía quedarse en El Lugar. Su existencia era demasiado valiosa, y arriesgarla caprichosamente en un viaje de resultado incierto, en el Primer Viaje que se suponía iba a realizar gnomo alguno de vuestro pueblo, era una suerte que no se debía poner en juego. 

  Era difícil negar que estuvieran en lo cierto. Las escamas de aquel material fascinante, que el asrial llamaba cristal, parecían palpitar con una energía propia cuando los sabios las estudiaron tras su llegada. Unas pocas se le habían desprendido del cuerpo, aquel día, y como en un proceso natural, algunas más fue perdiendo después, si bien esas otras se volvieron opacas enseguida. Estas últimas poco aportaron, pero las otras, oh, las otras resultaron toda una revolución para vuestro uso de la magia. Al usarlas para filtrar la luz, esta parecía cobrar vida e interactuar de forma asombrosa con los campos de fuerza mágica inherentes a todas las cosas, cuando esos haces de luz se aplicaban diciendo las palabras de la magia. Entonces los encantamientos se magnificaban y permitían cosas hasta entonces imposibles... y así es como se pudo manterner caliente durante el tiempo suficiente el aire en el interior de uno de los globos de Phard, tanto como para que varios gnomos se arriesgaran en pequeños viajes de tanteo de las inmensas ramas más cercanas del Gran Árbol.
  En el pasado, cuando todavía había muchos gnomos en El Lugar, varios cientos, algunos habían desaparecido para siempre empeñados en locas empresas basadas en inventos a cual más rocambolesco, cada uno de ellos la promesa final del viaje que acabaría con vuestro eterno aislamiento. Pero ni uno sólo de aquellos pobres locos había vuelto. Todos se habían marchado para siempre.
  Así que una parte de ti no puede dejar de entender el empeño de los Ancianos, de los Tres que quedan, en evitar que Pyrhuq abandone El Lugar en otro loco viaje sin retorno,  pues, por más que las opciones parezcan más válidas ahora que nunca, también el peligro del Olvido parece más cercano que nunca antes.
  Sin embargo, en una votación de tres, la mayoría simple significa que uno de ellos ha tenido que votar lo contrario que los otros dos. Y contra toda lógica y razón, tú estás dispuesto a jugarte una última baza para convencerlos esta noche, en la cena de despedida, de la utilidad de que el asrial vaya con vosotros.
  –¡Eh, vosotros dos! –llegan los gritos de Alat, anticipando su loca carrera–, pero qué hacéis ahí como pasmarotes, venga, ya están todos en torno a la Gran Mesa. ¡Todos! –y se vuelve corriendo por donde ha venido, con sus trenzas al viento, no sin girar la cabeza una última vez–: Vamos, no os lo repetiré... ¡ya están hasta los Ancianos!
  Lo cierto es que sientes un profundo azoramiento por lo que le acabas de soltar a Pyrhuq, y agradeces enormemente la interrupción. Miras por último al asrial y le mueves los labios mudamente, diciéndole más con la mirada: "Luego". Y te diriges en pos de Alat.
  El paisaje se mueve, a tu lado.
  

sábado, 13 de junio de 2015

Entrada 2


  ¿Quién eres tú, cuando dejas de ser yo? 

  Se llama Pyrhuq, y a través de su cuerpo fue como aprendiste a amar de nuevo tu mundo. 

  Está sentado tranquilamente, pensando, con la vista perdida en la Luz sabe qué, reflejando con cada una de las escamas de su cuerpo incontables facetas diferentes de la realidad que os rodea, por todas partes. Pero tú ya sabes algo de qué o quién es Pyrhuq, porque has soñado que eras él, o ella, antes de llegar hasta aquí. Sabes que es un asrial, que tú una vez fuiste un asrial, aunque ahora seas un gnomo. Sin duda es extraño, y es algo que no has compartido con nadie, ni siquiera con Pyrhuq. 
  Recuerdas sueños de formas neblinosas en los que caes, sueños en los que los recuerdos de quién eres ahora surgen fluctuantes y orgánicos, entrelazados a cada palabra, cada olor y cada visión, en cada sonido. Normalmente intentas evadirte de esos recuerdos de sensaciones perturbadoras. Eres, y siempre has sido Keryan, el gnomo. Pero, a veces, en la soledad de la noche, contemplando la luz de las estrellas amarillas a través de la ventana redonda de tu hábitat, te preguntas si alguna vez dejaste de ser del todo Pyrhuq. Te preguntas por qué estáis unidos, y desde cuándo.
 
  Ahora lo contemplas absorto en sus pensamientos, con la mirada perdida en la verde enormidad de los cielos del mundo. La despedida está cercana, y el amor que instantáneamente sentiste por un ser tan diferente pero a la vez tan cercano a ti te ahoga como un  río salado en tu corazón. 
  Con Pyrhuq vino la magia. Como un mensajero enviado por los dioses, el ser de escamas de cristal coloreó vuestro mundo para darle verdadero significado y rescataros de vuestros últimos días. Porque tan sólo vivíais treinta gnomos en el mundo conocido, por aquel entonces. Y ahora sois aún menos. Pero tenéis esperanza.
  Nacidos como brotes del Gran Árbol, pequeños seres de rasgos tan humanos como arbóreos, los gnomos crecéis poco a poco, durante un tiempo total de vida al que, para entendernos, podríamos llamar de siglos, arraigados al Gran Árbol durante los primeros de esos años. Hasta que, un día, tan desarrollados y fuertes como un pequeño ser humano, tiráis de vuestras recién formadas piernecitas y las sacudís del humus de la tierra arbórea, para por fin caminar por el mundo, como seres independientes, curiosos y hambrientos de luz del sol, lluvia y conocimiento de las cosas...
  No sabéis quién fue el Primero, aquel a quien en vuestra religión llamáis el Pastor de árboles, que cuidó a los que vinieron después para que crecieseis fuertes y sanos hasta el momento del Desarraigo. Vuestras obras de filosofía y conocimiento siempre le dan vueltas a este y otros temas, como la naturaleza de vuestro mundo y el qué puede haber más allá del verdeante cielo. 

 Contemplas a Pyrhuq, anhelando encontrar en su mirada una comprensión de lo que ve que vaya más allá de las palabras. Recuerdas el día en que "cayó" del cielo. Alat te llevó corriendo, presa de una excitación y un fervor contagiosísimos, casi en volandas, hasta la Desembocadura del río en El Lago, y allí lo viste, lo sentiste por primera vez, acurrucado, alas y extremidades conformando una suerte de huevo de escamas de cristal que reflejaban las mortecinas grietas de la luz crepuscular del ocaso. Al momento caíste presa de una terrible enfermedad... poco recuerdas de aquello. Una sensación extraña, parecida a la del Desarraigo, si no fuera porque ningún gnomo debería recordar su Desarraigo, una pérdida de conciencia más allá de la conciencia, y un despertar a un nuevo mundo, lleno de nuevas esperanzas. Porque, como hemos dicho, en aquel entonces sólo quedabais treinta de los vuestros en el mundo...

  Durante mucho tiempo los más sabios de El Lugar se habían preguntado por la naturaleza de vuestro sitio en el esquema de las cosas dentro del Gran Árbol, de cómo sería posible viajar más allá de vuestro pueblo en busca de otros posibles gnomos..., pues algunos, tú entre ellos, habíais llegado a la conclusión de que las pequeñas y distantes luces cálidas y amarillas que en cada vez mayor número aparecían entre las nieblas del cielo durante las oscuras noches del mundo, eran las luces de hábitats de otras comunidades del Gran Árbol, con seres como vosotros, pensando quizá, en quién habitaría en torno a vuestra propia luz nocturna. Quizá no estabais solos en el Gran Árbol. Y aquella era una idea excitante.
  Teníais la escritura y la magia de las palabras para ayudaros... aunque ninguno de los vuestros sabía a ciencia cierta de donde venían... quizá las dejó tras de sí el Pastor. Y por la magia de las palabras vivíais y descubríais poco a poco la realidad del Gran Árbol, tan vasta como para entreteneros durante siglos de vida, durante los cuales, sospechaban los sabios, y os enseñaban en las escuelas, era vuestra misión encontrar la forma de terminar con el aislamiento de El Lugar.
  Porque un día el primero de los vuestros dejó de ser. Y eso era algo que nunca había pasado antes en toda la historia de El Lugar... 
Los más ancianos de vosotros, los primeros nacidos, iban menguando en tamaño y estatura, perdiendo más y más rasgos terrosos, y la verde fibra vegetal de los cabellos (para hacerte una idea de cómo es un gnomo, imagínate una especie de elfo con rasgos arbóreos, piel verdosa y cabellos vegetales, con iris del color verde de la clorofila, imagínate viendo ahora mismo tu reflejo en El Lago), hasta perder toda memoria de sí mismos tras mil años de vida, y volver a arraigar en el suelo, para metamorfosearse en una especie de semilla alada con diminutos rasgos humanos que saltaba súbitamente para volar lejos, hacia las alturas del Gran Árbol...

  Los Tres Ancianos dedicaban interminables tertulias en sus cómodos y acojinados hábitats a la cuestión de por qué ahora, justo ahora, habían empezado a "marcharse", a morir, en torno a los mil años, los primeros de los vuestros... ¿Por qué tantos a la vez llegaban al milenio y sufrían aquel extraño proceso, aquella metamorfosis? Toparse con algo así para una cultura sin duda tan joven, que llevaba apenas siglos en el mundo y que ni tan siquiera conocía la muerte por el paso de los años, fue un golpe de una dureza difícil de imaginar para El Lugar, y os sumió a todos en una tristeza contagiosa, hecha de sentimientos de pérdida de todo lo que una vez había sido. Pero entonces llegó el ser de escamas de cristal. Llegó Pyrhuq. Y lo cambió todo.

miércoles, 10 de junio de 2015

Entrada 1


Caes.


Durante tanto tiempo que al fin empiezas a dominar el terror por fuerza de acostumbrarte a él. No es peor que lo que habías imaginado. Ni mejor. Sólo está pasando, por fin, y sentir que está pasando es menos malo que tener que vivir con la incertidumbre de terrores imaginados.

 Caes durante tanto tiempo porque has sido obligado a saltar al vacío desde las alturas misteriosas de la Torre de Coral. Aunque para ti no son tan misteriosas, porque formas parte de una historia que se escribe desde su final.
  Dedo acusador que surge de la superficie ignota del mundo hacia el firmamento, la Torre de Coral es todo un mundo en si mismo, repleto de hiperbólicos pasajes de interminables escaleras, puentes, pasadizos y ascensores sin número, de ciudades y villas excavadas en la roca sonrosada, de amplísimos patios, miradores, agujas, balcones, terrazas y minaretes de toda forma y tamaño, todo ello en todos los tonos posibles, y alguno imposible, entre el rosa y el rojo. Una estructura mítica y colosal, que debería aparecer en la última parte de las historias y no al principio de ellas. Pero es que tú no eres un vulgar humano campesino empezando el viaje hacia su altísimo destino. Eres un asrial, mítico y celestial, un ser del aire. De translúcida piel de escamas de cristal enmarcando, cual ceñido vestido del futuro, pies, manos, torso y un rostro de ojos humanos de iris azules con pupilas gatunas y graciosa y escamosa nariz, orlado a su vez por una mata de pelo azul.
Sabes tantas cosas que van más allá del aquí y el ahora porque eres a la vez muchos y ninguno, a la vez mujer y a la vez hombre. Eres el elegido de esta historia y, no nos andaremos con rodeos, lo sabes. Y lo sabes porque por eso la estás leyendo. Sabes que, en algún lugar, eres otro ser, un ser humano, leyendo tu propia historia, pero aquí, y ahora, eres lo que lees que eres. Eres un Asrial, y no uno cualquiera. Porque en la Edad del Tránsito te salieron alas, y dicha fue y transmitida entre los Ancianos la existencia de un Pacto Ancestral por el cual los asrials alados debían de ser condenados al exilio o a perder sus alas.

  Por supuesto, intentaste rebelarte contra un dictado absurdo y que no comprendías, sin que entre los tuyos cobrara apenas oportunidad de concebirse la posibilidad de que se te cortaran las alas, dado el mortal peligro que tal operación siempre conlleva. Quizá podrías haber optado a ello si hubieras nacido en una cuna más elevada. Pero aunque no hay asrials vulgares, sí hay asrials pobres, y tú eras uno más de muchos de ellos. Como tal nunca tuviste el privilegio de pasear por las Almenaras de los Vientos, la terminación esplendorosa abierta a la luz esmeralda de la Gran Luna y al Sol Rojo. Hasta el día del salto. Hasta hoy.
Lloraste tanto... de rabia, por la incomprensión y el miedo, como un niño pequeño y desvalido superado por una orden que no comprende y que en su pequeña sabiduría juzga absurda y cruel. Pero al final comprendiste que la autocompasión vale para poco. Con serenidad, quisiste dar ante los tuyos una imagen valiente de tus últimos instantes, aunque por dentro la pena te siguiera desgarrando, ya no tanto por ti, sino por ellos.
  Caes, y el mundo desfila ante ti como una mancha de vino que empaña tu visión y todos tus sentidos, hasta ahogarte. De algún modo tienes suerte y evitas por poco salientes que podrían haber significado que esta historia tuviera sólo cuatro párrafos. Pero piensas que de ser tan breve, no merecería ser contada, y tú no serías tú. Es un pensamiento un tanto inquietante, pero en tu actual situación, puedes permitirte algunos pensamientos inquietantes.
  De pronto el Mar de Algodón que cubre como una alfombra sempiterna los suburbios del mundo, te traga, y la mancha de vino se convierte en una mortaja gris que te hace desaparecer de la existencia y aleja a ésta de ti. La sensación es tan real que no crees estar respirando. Definitivamente, esto debe ser la muerte, y tu cuento el de un fantasma.

  Vuelve la luz al mundo, y casi te ciega... has muerto y resucitado en el momento de un segundo. Ahora todo es verde y dorado... DOLOR... y negro.



 Keryan, Keryan... ven, ¡rápido...! exclamaba como loca la pequeña criatura tirando de la manga de la túnica de su hermano–.¡No te lo vas a creer!