sábado, 20 de junio de 2015

Entrada 4


  Recuerdas. Y huelga decir que los gnomos recordáis las cosas en un estado de trance tal que es como si las vivieseis de nuevo, pudiendo aún dejar un ojo abierto a la realidad presente... la realidad del inmenso cielo negro, bordado y ribeteado de estrellas,  mientras las luces de El Lugar siguen alejándose en el horizonte a popa del barcasto*, cada vez más pequeñas e indistinguibles de las propias estrellas...

  –Entonces, joven Keryan, ¿por qué según tú es tan importante que Pyrhuq, el asrial, os acompañe, aún cuando no pareces tener intención de rebatir los argumentos que el Consejo acaba de recalcar sobre tan inadecuada posibilidad? –así te habla Pirell, de voz suave y terrosa, Pirell, el cada vez más pequeño y enjuto Anciano del Consejo de los actuales Tres.
 A pesar del avanzado estado de su etapa final antes de la metamorfosis, se muestra digno y concentrado, pero no puedes estimarlo, adalid de voluntad inquebrantable, abiertamente partidario de una forma de proceder que te separará de Pyrhuq por un tiempo que en tu imaginación se hace interminable.
  Las mágicas esferas de luz proyectan la sombra de oscuros seres fabulosos, moviéndose queda, atentamente, en el muro de curva y moldeada madera viva al otro lado de la habitación del hábitat. A la mesa, que huele a hongos especiados y a té aromátizado, se sientan también Alat y el asrial, el maguncio Neimonde, que como presente miembro principal rotatorio del gobierno de Todas Las Cosas tiene derecho de veto sobre las decisiones del Consejo de Ancianos, Phard, el Inventor, con su larga y enramillada barba ocre, y sus orejas caídas, Orihan, la Cazadora, y el único y otro miembro del Consejo, Aitlanf (y has de recalcar lo de único y otro, pues deberían de estar los tres Ancianos del Consejo de los Tres sentados en la Mesa del Consejo de los Tres). 
  Algunas otras cabezas, cabecitas y cabezones asoman orlados de distintos tonos de verde y ocre por entre la mayor de las redondas ventanas del hábitat, a la derecha de las sombras de la pared. Más lejos, a la izquierda, una cortina de apagados colores fibrosos se agita nerviosa por el viento en un oscuro rincón más allá de las luces.
  En el Gran Árbol los roles de los cada vez más escasos y preciados lugareños van asociados a funciones pragmáticamente relevantes para la supervivencia de la cada vez más exigua comunidad, y cada rol está vinculado al sexo de los dioses según los Libros de los Mitos. Porque huelga decir que  en Arbórea, el otro nombre con el que se conoce a El Gran Árbol, no hay sexos como tales. No, que vosotros sepáis, al menos. Quizá en otros lugares existan seres con sexo, como los dioses...
 –Como sabéis, Sabio Pirell, que la Luz guíe vuestro espíritu eternamente, mi rol como explorador, tanto del mundo físico como del de las Ideas, me ha llevado por diferentes caminos, a cual más insatisfactorio a lo largo de mi joven pero aún así cada vez más extenso periplo vital. Me ha llevado a abrazar, en los últimos tiempos, y no soy el único –dices haciendo un ademán con la mano aludiendo a Phard, que se encoge un poco, o esa impresión te da, por lo que le brindas una fugaz mirada de reproche–, la teoría de que estos mil años de vida a los que estamos llegando los habitantes de El Lugar, ominosamente coincidentes con la triste y continuada desaparición de tantos de nosotros,   son un ciclo engañoso. No tenemos ninguna vara objetiva de medir el tiempo que nos permita comprender la verdadera escala de nuestras vidas, y bien podría ser, siguiendo las últimas teorías escritas por Armendres, antes de que se nos fuera, que en realidad acabemos de llegar a Arbórea, y que todo esto que nos está pasando no sea más que una parte aún desconocida de nuestro ciclo vital, más que un mal que debamos evitar a toda costa.
–Bien, bien..., mi muy pertinente Keryan, no son teorías que no conozca, aunque no por ello las comparta, pero, ¿a dónde quieres ir a parar con todo esto? ¿Qué demonios tiene que ver con el... asrial, aquí sentado? –pregunta Aitlanf, el segundo (en orden de intervención, que no de importancia) Anciano del Consejo sentado a la Mesa del Consejo, con su cascada voz de oboe.
  Sientes que todas las miradas se posan en ti de nuevo. Toses quedamente, con cierta incomodidad ante tanta (toda) atención. 
 –Pues que el propósito de este viaje no es tanto encontrar una solución para nuestro mal como la exploración en sí misma. Y este viaje no habría sido posible sin la presencia entre nosotros durante estos últimos quince años de Pyrhuq –dices.
  Quieres aparentar una seguridad que no sientes de verdad. Por más que las últimas teorías te seduzcan, eres tan miembro de El Lugar como cualquiera, y la Metamorfosis te parece una burla cruel del destino que quizá haga que todos los lugareños caigáis en el Olvido sin que nunca, en ningún lugar posible, jamás nadie sepa nada de vosotros... si es que hay más gnomos en Arbórea. Y tanta atención termina por jugarte una mala pasada y hacer que tu voz se quiebre leve pero perceptiblemente durante un instante, mientras dices lo de arriba. Es la mortal apertura en tu defensa que los Ancianos esperan para acabar contigo (figuradamente, claro).
  – Vamos, Keryan, ¡no me riegues! –exclama Pirell. Algunas risas quedas. Estás acabado. Jamás volverás a ver a Pyrhuq. Y lo peor es que aún no sabes por qué esa perspectiva te desasosiega tantísimo. 


*Barcasto: Barco-Canasto

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