miércoles, 10 de junio de 2015

Entrada 1


Caes.


Durante tanto tiempo que al fin empiezas a dominar el terror por fuerza de acostumbrarte a él. No es peor que lo que habías imaginado. Ni mejor. Sólo está pasando, por fin, y sentir que está pasando es menos malo que tener que vivir con la incertidumbre de terrores imaginados.

 Caes durante tanto tiempo porque has sido obligado a saltar al vacío desde las alturas misteriosas de la Torre de Coral. Aunque para ti no son tan misteriosas, porque formas parte de una historia que se escribe desde su final.
  Dedo acusador que surge de la superficie ignota del mundo hacia el firmamento, la Torre de Coral es todo un mundo en si mismo, repleto de hiperbólicos pasajes de interminables escaleras, puentes, pasadizos y ascensores sin número, de ciudades y villas excavadas en la roca sonrosada, de amplísimos patios, miradores, agujas, balcones, terrazas y minaretes de toda forma y tamaño, todo ello en todos los tonos posibles, y alguno imposible, entre el rosa y el rojo. Una estructura mítica y colosal, que debería aparecer en la última parte de las historias y no al principio de ellas. Pero es que tú no eres un vulgar humano campesino empezando el viaje hacia su altísimo destino. Eres un asrial, mítico y celestial, un ser del aire. De translúcida piel de escamas de cristal enmarcando, cual ceñido vestido del futuro, pies, manos, torso y un rostro de ojos humanos de iris azules con pupilas gatunas y graciosa y escamosa nariz, orlado a su vez por una mata de pelo azul.
Sabes tantas cosas que van más allá del aquí y el ahora porque eres a la vez muchos y ninguno, a la vez mujer y a la vez hombre. Eres el elegido de esta historia y, no nos andaremos con rodeos, lo sabes. Y lo sabes porque por eso la estás leyendo. Sabes que, en algún lugar, eres otro ser, un ser humano, leyendo tu propia historia, pero aquí, y ahora, eres lo que lees que eres. Eres un Asrial, y no uno cualquiera. Porque en la Edad del Tránsito te salieron alas, y dicha fue y transmitida entre los Ancianos la existencia de un Pacto Ancestral por el cual los asrials alados debían de ser condenados al exilio o a perder sus alas.

  Por supuesto, intentaste rebelarte contra un dictado absurdo y que no comprendías, sin que entre los tuyos cobrara apenas oportunidad de concebirse la posibilidad de que se te cortaran las alas, dado el mortal peligro que tal operación siempre conlleva. Quizá podrías haber optado a ello si hubieras nacido en una cuna más elevada. Pero aunque no hay asrials vulgares, sí hay asrials pobres, y tú eras uno más de muchos de ellos. Como tal nunca tuviste el privilegio de pasear por las Almenaras de los Vientos, la terminación esplendorosa abierta a la luz esmeralda de la Gran Luna y al Sol Rojo. Hasta el día del salto. Hasta hoy.
Lloraste tanto... de rabia, por la incomprensión y el miedo, como un niño pequeño y desvalido superado por una orden que no comprende y que en su pequeña sabiduría juzga absurda y cruel. Pero al final comprendiste que la autocompasión vale para poco. Con serenidad, quisiste dar ante los tuyos una imagen valiente de tus últimos instantes, aunque por dentro la pena te siguiera desgarrando, ya no tanto por ti, sino por ellos.
  Caes, y el mundo desfila ante ti como una mancha de vino que empaña tu visión y todos tus sentidos, hasta ahogarte. De algún modo tienes suerte y evitas por poco salientes que podrían haber significado que esta historia tuviera sólo cuatro párrafos. Pero piensas que de ser tan breve, no merecería ser contada, y tú no serías tú. Es un pensamiento un tanto inquietante, pero en tu actual situación, puedes permitirte algunos pensamientos inquietantes.
  De pronto el Mar de Algodón que cubre como una alfombra sempiterna los suburbios del mundo, te traga, y la mancha de vino se convierte en una mortaja gris que te hace desaparecer de la existencia y aleja a ésta de ti. La sensación es tan real que no crees estar respirando. Definitivamente, esto debe ser la muerte, y tu cuento el de un fantasma.

  Vuelve la luz al mundo, y casi te ciega... has muerto y resucitado en el momento de un segundo. Ahora todo es verde y dorado... DOLOR... y negro.



 Keryan, Keryan... ven, ¡rápido...! exclamaba como loca la pequeña criatura tirando de la manga de la túnica de su hermano–.¡No te lo vas a creer!




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