domingo, 14 de junio de 2015

Entrada 3


  –¿Todo listo ya? –dice Pyrhuq, más la afirmación de un hecho constatado que una pregunta.
  –Sí. Yo... venía a despedirme, partimos al alba. Ya está todo preparado –le respondes.
  Se levanta y como siempre su movimiento te desconcierta, pues una parte de la realidad se mueve con él, reflejada en sus escamas. Cristal. Un material que jamás habíais visto en vuestro mundo, antes de su Llegada.
  –Te echaré de menos, Keryan. Te deseo suerte y que vuelvas con buenas noticias –dice, mientras se funde en un abrazo contigo.

  Mientras os abrazáis sientes que el mundo se pone cabeza abajo durante un instante que pasa antes de que seas capaz de explicarte lo que has sentido. Interrumpes el abrazo, quizá demasiado abruptamente.
  –Pyrhuq... – empiezas, pero te quedas en silencio, mientras las rendijas verticales de sus iris azules se dilatan inquisitivamente, como invitándote sutilmente a seguir. Aún hoy, a pesar de todo, a una parte de ti le sigue pareciendo un ser tan raro, tan... ajeno.
  –¿Sí?
  –Yo... es sólo que... bueno, nada. Da igual –dices por fin.
 –Es tan bello esto, ¿verdad? –dice el asrial con su voz de bronce, cambiando de tema, como para paliar tu incomodidad–, cuando llegué aquí, aquel día... me costó mucho tiempo convencerme de que tanta belleza era real, de que vosotros no erais ángeles del cielo, cuidando de los muertos –y termina la frase con una de esas breves carcajadas suyas en las que parece que un pequeño ser tañe campanas dentro de su garganta.
  –Sólo que no había más muertos.  
  –No, no los había –dice, y se vuelve a reír.
 –Sólo nosotros. Yo creo que el ángel eres tú. A veces... a veces, Pyrhuq creo que estás aquí porque alguien sabía que lo estábamos pasando mal, como si tuvieras una misión que cumplir, ¿sabes?, como que nada es casual, el destierro de tu mundo, tu llegada aquí, sabes... –sientes un impulso y lo sueltas–: ¿Sabes que soñé que yo era tú el día que llegaste? –las rendijas de sus pupilas se estrechan leve pero perceptiblemente–, que... apenas puedo recordarlo ya. No sé, es como si me estuviera afectando la enfermedad de los Ancianos,  sí, el Olvido, la metamorfosis que sufren, debe ser algo parecido. Soñé que vivía otra vida de la que apenas recuerdo ya nada excepto sombras. Y esa vida era la tuya, Pyrhuq. No sé como explicarlo, pero es así.
  Elevas la vista al cielo en el que hasta hace unos momentos el asrial tenía perdida su mirada. Las primeras grietas de la luz anaranjada del ocaso se filtran rompiendo el cielo verde, y fragmentándolo en incontables pedazos. Las primeras luces empiezan a encenderse en los hábitats de El Lugar, a la vez que surgen las primeras estrellas en el cielo. 
  Miras de reojo a Pyrhuq, sintiéndote incómodo y algo ridículo por lo que le acabas de decir. Sabes que el asrial insistió hasta el último momento en ir con vosotros, en busca de respuestas para sí mismo. Pero los Ancianos votaron por mayoría simple que no, que debía quedarse en El Lugar. Su existencia era demasiado valiosa, y arriesgarla caprichosamente en un viaje de resultado incierto, en el Primer Viaje que se suponía iba a realizar gnomo alguno de vuestro pueblo, era una suerte que no se debía poner en juego. 

  Era difícil negar que estuvieran en lo cierto. Las escamas de aquel material fascinante, que el asrial llamaba cristal, parecían palpitar con una energía propia cuando los sabios las estudiaron tras su llegada. Unas pocas se le habían desprendido del cuerpo, aquel día, y como en un proceso natural, algunas más fue perdiendo después, si bien esas otras se volvieron opacas enseguida. Estas últimas poco aportaron, pero las otras, oh, las otras resultaron toda una revolución para vuestro uso de la magia. Al usarlas para filtrar la luz, esta parecía cobrar vida e interactuar de forma asombrosa con los campos de fuerza mágica inherentes a todas las cosas, cuando esos haces de luz se aplicaban diciendo las palabras de la magia. Entonces los encantamientos se magnificaban y permitían cosas hasta entonces imposibles... y así es como se pudo manterner caliente durante el tiempo suficiente el aire en el interior de uno de los globos de Phard, tanto como para que varios gnomos se arriesgaran en pequeños viajes de tanteo de las inmensas ramas más cercanas del Gran Árbol.
  En el pasado, cuando todavía había muchos gnomos en El Lugar, varios cientos, algunos habían desaparecido para siempre empeñados en locas empresas basadas en inventos a cual más rocambolesco, cada uno de ellos la promesa final del viaje que acabaría con vuestro eterno aislamiento. Pero ni uno sólo de aquellos pobres locos había vuelto. Todos se habían marchado para siempre.
  Así que una parte de ti no puede dejar de entender el empeño de los Ancianos, de los Tres que quedan, en evitar que Pyrhuq abandone El Lugar en otro loco viaje sin retorno,  pues, por más que las opciones parezcan más válidas ahora que nunca, también el peligro del Olvido parece más cercano que nunca antes.
  Sin embargo, en una votación de tres, la mayoría simple significa que uno de ellos ha tenido que votar lo contrario que los otros dos. Y contra toda lógica y razón, tú estás dispuesto a jugarte una última baza para convencerlos esta noche, en la cena de despedida, de la utilidad de que el asrial vaya con vosotros.
  –¡Eh, vosotros dos! –llegan los gritos de Alat, anticipando su loca carrera–, pero qué hacéis ahí como pasmarotes, venga, ya están todos en torno a la Gran Mesa. ¡Todos! –y se vuelve corriendo por donde ha venido, con sus trenzas al viento, no sin girar la cabeza una última vez–: Vamos, no os lo repetiré... ¡ya están hasta los Ancianos!
  Lo cierto es que sientes un profundo azoramiento por lo que le acabas de soltar a Pyrhuq, y agradeces enormemente la interrupción. Miras por último al asrial y le mueves los labios mudamente, diciéndole más con la mirada: "Luego". Y te diriges en pos de Alat.
  El paisaje se mueve, a tu lado.
  

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